Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (Beato Juan Pablo II)

domingo, 16 de julio de 2017

Breve historia de Karol Wojtyla/Juan Pablo II y la orden carmelitana


Con ocasión de la canonización de Juan Pablo II en el 2014, el carmelita Emanuele Boaga describe brevemente la relación de Karol Wojtyla/Juan Pablo II con el Carmelo desde su natal Wadowice: (para leer la descripción completa invito visitar la pagina oficial de la Orden delos Carmelitas: Cito aquí solo una parte del escrito.

 "Otro factor más profundo e íntimo alimentó los lazos de Wojtyla con el Carmelo desde que era niño: la tierna devoción a María, Madre y Decoro del Carmelo, cuya protección y beneficios recibidos ha subrayado sobre todo a lo largo de su pontificado. El veía la expresión de esta protección en el escapulario, que había recibido siendo niño en el convento de los carmelitas descalzos de Wadowice.  Muchas veces se ha referido a esto, y también han sido frecuentes sus referencias a una intensa piedad mariana, reflejada -desde que ascendió al solio pontificio el 16 de octubre de 1978- en cada encuentro con los Carmelitas de ambas ramas de la Orden. Puede decirse que en su largo pontificado no ha desaprovechado ninguna ocasión, sobre todo en la fiesta anual de la Virgen del Carmen, para dirigir a la familia carmelitana y a todos los devotos del Carmen un pensamiento recordando la protección y los beneficios inherentes al oficio de la Virgen Madre dentro del misterio de Cristo y de la Iglesia, estimulando así una actitud de agradecimiento filial como expresión de familiaridad hacia ella y de conformidad con la voluntad divina. En unas setenta veces, con ocasión del rezo dominical del Ángelus, de encuentros con diversos grupos durante sus viajes apostólicos y en las audiencias de los miércoles, quiso el Papa subrayar uno u otro aspecto de la devoción carmelitana a la Virgen y conducir a sus queridos hijos hacia la oración suplicante y  hacia la imitación de sus virtudes.


   Pero la enseñanza más profunda que Juan Pablo II ha ofrecido a todos los Carmelitas se encuentra sobre todo en la carta apostólica ElAcontecimiento Providencialenviada el 25 de marzo de 2001 con ocasión del Año Mariano Carmelitano. De hecho, su contenido va más allá de la circunstancia que la motivó, pasando a ser una reflexión sobre las grandes líneas de la espiritualidad mariana que el Carmelo vive y ha de cultivar.
   El Papa Juan Pablo II también ha beatificado y canonizado a  numerosas figuras de Carmelitas eminentes por su santidad.... 
   Más amplio resulta el número de beatificaciones y canonizaciones de Carmelitas descalzos.... .
   En este contexto se sitúan algunas cartas apostólicas escritas por el papa Juan Pablo II con motivo de aniversarios y de celebraciones específicas. Otras referencias a estas figuras eminentes del Carmelo las hizo Juan Pablo II durante audiencias y encuentros.
   Debemos recordar aún, como llamada a vivir los ideales y la vida del Carmelo, las palabras dirigidas por Juan Pablo II a los capítulos generales de las dos ramas de la Orden. Los Carmelitas han celebrado bajo su pontificado cuatro capítulos generales (1983, 1989, 1995, 2001). En los tres primeros se obtuvo el don de una audiencia especial; al último envió el Papa una carta. También los Carmelitas descalzos celebraron cuatro capítulos generales en el pontificado de Juan Pablo II (1985, 1991, 1997, 2003). A cada uno de ellos dirigió puntualmente su palabra paterna y su bendición. Tuvo igualmente palabras de estímulo paterno para las religiosas participantes en los capítulos generales de las diversas congregaciones carmelitanas, recibiéndolas en audiencia especial.
   Además de las celebraciones de los capítulos generales, que marcan el desarrollo de la vida, Juan Pablo II también se hizo presente con motivo de otras fiestas de la familia carmelitana. El 7 de octubre de 2002 dirigía una carta a los superiores generales de las dos ramas de la Orden con motivo del 550 aniversario de la bula Cum nulla, en la que resalta los abundantes frutos proporcionados al Carmelo y a la Iglesia por las monjas carmelitas con su “testimonio luminoso de mujeres ejemplares”, invitando también a los laicos de la familia del Carmelo a seguir el camino de la santidad a ejemplo de Elías y de María.
   En su acción pastoral en la diócesis de Roma es conocida la solicitud del Papa por las parroquias y las comunidades religiosas. Las visitas realizadas a las de los carmelitas se caracterizaban por un clima de gran simplicidad y familiaridad, abandonando muchas veces los discursos oficiales, y dando muestras de interés y de sincero afecto.
   Juan Pablo II nombró nueve obispos entre los Carmelitas de la Antigua Observancia mientras dos obispos carmelitas creados por Pablo VI pasaron a otras sedes. Sin embargo, los Carmelitas descalzos nombrados obispos por Juan Pablo II fueron catorce, mientras cinco creados por Pablo VI pasaron a otras sedes. El 22 de mayo de 1991 Juan Pablo II elevó a la dignidad cardenalicia a un Carmelita descalzo, Mons. Anastasio Ballestrero, arzobispo de Bari y luego de Torino.
   Entre las gracias y concesiones a fin de propagar la devoción a la Madre y Decoro del Carmelo se ha de recordar la elevación al rango de basílica menor de algunos santuarios e iglesias en las que la Virgen del Carmen es la titular, así como la coronación de algunas imágenes muy veneradas. Recordemos de manera particular la audiencia del 12 de septiembre de 2001 en la plaza de San Pedro, que se desarrolló sin las habituales muestras festivas al estar marcada por el dolor y el estupor de la catástrofe del día anterior en Nueva York con el atentado terrorista de las “torres gemelas”. En aquella ocasión el pontífice puso una nueva corona sobre la cabeza de la imagen de la Virgen del Carmen, llevada a tal propósito desde la iglesia vecina de Santa María in Traspontina como peregrinación que concluía el Año Mariano Carmelitano del 750 aniversario del escapulario.
   Estos gestos del crecimiento de la devoción mariana evocan una vez más el lazo profundo y tierno que unió el corazón de Juan Pablo II a la Madre de Dios y de los hombres, y -como si fuera su herencia- son una especie de invitación continua, como él repetía frecuentemente, “a dirigirle una humilde oración para que ella, con su intercesión, alcance para cada uno poder seguir seguro por el camino de la vida y llegar felizmente a la santa montaña, Jesucristo, nuestro Señor” (Ángelus, 21 de julio de 1988).


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